LA EDAD MEDIA: SUS LÍMITES
Henri-Irénée
Marrou
Teología de la Historia, Rialp, Madrid 1978, pp.
269-279
Pero han pasado los años. Parecemos estar más lejos que nunca de una civilización de inspiración cristiana. Y mientras tanto, la aparición y la experiencia de los regímenes totalitarios nos han mostrado a qué formas caricaturescas y monstruosas puede conducir el deseo de imponer una unidad de inspiración y de estructura a la ciudad de los hombres: frente a esa tiranía, hasta la misma anarquía de valores se presenta como un mal menor. En este contexto se ha llegado, al parecer, a un tercer estadio en la apreciación de la cristiandad medieval: aquel en que somos más sensibles a lo que tuvo, o significó, de fracaso. La ciudad cristiana medieval no era el Reino de Dios; y así lo hemos dicho repetidas veces, denunciando, desde el principio de este libro, lo que tenía de ilusión, y quizá de eco lejano de la herejía milenarista, esa seguridad de animar todas las manifestaciones de lo temporal con el espíritu del Evangelio y, por así decirlo, de imponerles el signo de la Cruz.
Está claro que juzgamos ahora a la Edad Media, no en su teología, sino en el plano de los proyectos v realizaciones humanas como tentativa de plasmar lo que hemos designado antes con el calificativo de una civilización sana. Instruidos por la experiencia de lo que es el hombre, y la naturaleza caída, entrevemos lo que la casi unanimidad entonces conseguida implicó de conformismo, de presión sociológica, de violencia ejercida, en ocasiones, sobre las conciencias.
Por lo que se refiere a los primeros
siglos del cristianismo, tenemos el testimonio de los Padres Contemporáneos del desarrollo inesperado
de una sociedad que había presenciado la conversión de los emperadores y, por
ellos, del Imperio, hasta ser cristiana, pero en muchos casos sólo de
nombre, los Padres no se dejaron engañar por el espectáculo de las
iglesias llenas hasta el punto de estallar como la red de la pesca milagrosa,
pues lo estaban de una fauna heterogénea, paucitate sanctorum, abundantia
peccatorum, de pocos santos y de muchos pecadores. Al mismo tiempo que
crecía el prestigio del cristianismo, se había visto crecer -comentaba
melancólicamente San Agustín- la hipocresía, crevit hypocrisis (Enarr.
in Ps. 7, 9; in Ps. 30, 2, II, 2). Y por lo que se refiere a la Edad
Media propiamente dicha, mucha violencia, en el sentido más brutal de la
palabra. Violencia dirigida, en ocasiones, a liquidar las minorías
irreductibles, ya fuesen residuales, como la de los judíos, o emergentes, como
la de los cátaros o la de los valdenses, algunas de las cuales quizá
aspiraban a ser sólo un fermento de purificación y de reforma interior.
Violencia también, a veces, en la misión exterior: pienso en los caballeros
portadores de espada, los Fratres militiae Christi, como solía decirse.
Sé que es difícil juzgar a tiempos pasados, y que los pueblos eslavos o
bálticos, y no digamos los musulmanes, no eran siempre fáciles de convertir:
pero de ahí a considerar como normal la asociación de la espada y de la
cruz hay un buen trecho. Quizá en esas actitudes reaparezca esa impaciencia ante
la paciencia con que Dios conduce la historia a la que ya nos hemos
referido, y que puede llevar a intentar forzar la Parusía hasta caer en una
verdadera violación de la historia.
He aquí algo que sería ya suficiente
para ponernos en guardia contra una interpretación demasiado optimista
de la cristiandad del Occidente medieval.
En realidad, podría, tal vez, haber
sido más y mejor cristiana que cualquiera otra, a causa del accidente histórico
que le dio origen: el derrumbamiento de las estructuras de la civilización
romana del Bajo Imperio ante las invasiones
germánicas.
Los
invasores, por muy bárbaros que fuesen, habían aportado elementos de civilización
-técnicas materiales (habían llegado a una gran perfección en el temple del
acero), tradiciones jurídicas, formas de sensibilidad -, pero se trataba de
valores de un nivel diverso, y, con frecuencia, en estado embrionario. Hay
que tener en cuenta que no había desaparecido toda la herencia de la
civilización clásica, y que la religión cristiana era uno de los
supervivientes más vigorosos. En el caos de esos tiempos, sólo el cristianismo
aparecía como el único principio de animación alrededor del cual podía
estructurarse una civilización renaciente. Y así, por señalar un primer dato, si
se conservaron muchos elementos heredados de la antigüedad, lo fueron con
frecuencia en la medida en que el cristianismo los salvó, reivindicándolos
para ponerlos a su servicio: si, por ejemplo, no se perdió en el curso de
esos años oscuros la práctica del latín, y por él, de la escritura - lo cual
podía haber sucedido, como el Egipto copto perdió el secreto de los jeroglíficos
-, fue porque se convirtió en la única lengua litúrgica de
Occidente.
De ahí el carácter, no solamente
cristiano, sino eclesiástico, o mejor dicho, clerical, que distingue de forma
tan particular a la Edad Media occidental, sobre todo si se la compara con
su homóloga y contemporánea Edad Media bizantina, que no estaba menos impregnada
de lo sagrado, pero en la que, con el Imperio, se había mantenido toda la
estructura bipolar de la civilización de la Spätantikae. En
Bizancio, la Iglesia era uno de los polos de la sociedad, pero frente a ella
estaba el emperador, heredero
de una tradición, no interrumpida desde Augusto y Diocleciano, y con el
emperador, todo un sistema de
valores temporales que, aunque
cristianizados, conservaron su autonomía;
concretamente, y en primer
lugar, la cultura,
y
con ella su clásico fundamental: Homero
(el Occidente, por su parte, sólo tiempo adelante redescubrirá a
Virgilio).
El debilitamiento y la desaparición de
las instituciones temporales en Occidente es lo que explica la función
de suplencia que debieron asumir las instituciones eclesiásticas durante la Alta
Edad Media. Toda la enseñanza - desde la escuela rural a la universidad- tiene
su origen en el sistema escolar puesto en práctica por la Iglesia para sus
propias necesidades (la formación de un clero): que la palabra «clérigo» haya
servido también, en algunos momentos, para significar también «letrado»
puede parecer paradójico, pero es consecuencia de que, entonces, no había
más cultura que la religiosa. Eso vale, por lo demás, no sólo para las letras y
las artes: no había oficio, desde la política extranjera hasta los trabajos
públicos, en el que los hombres de la Iglesia no participasen de alguna
manera; así vemos cómo San Didier, obispo de Cahors, se ocupaba, en los
años 630-655, de construir la conducción de agua a su villa episcopal, y se
dirigía a su colega, el obispo de Clermont, para encontrar mano de obra
especializada (Ep., II, 14).
Es justo señalar además,
aunque sea de pasada, que muchas de las funciones que hoy nos parecen propias de
la ciudad profana --las que cumplen hoy instituciones laicas, como la asistencia
pública o la Seguridad Social-- se iniciaron a partir de la labor de la
Iglesia, y que no las asumió a falta de instancias civiles que antes las
desarrollaran, sino que les dio vida: nacieron a la sombra de la cruz,
inspiradas en el espíritu evangélico y en el ideal del ágape, de la
caridad. El hospital, el hospicio, el asilo, son en su origen instituciones
propiamente cristianas que no habían tenido precedentes en la civilización
antigua.
Aparte de esos casos excepcionales, no puede decirse, si se habla con rigor, que la Iglesia creó (en el sentido paradójico, en el que, refiriéndose a una obra humana, puede hablarse de creación a partir de la nada) los elementos de la civilización medieval: su papel fue el de intentar cristianizar. Y ésa no fue siempre una tarea fácil: en descargo de las deficiencias de las que hemos hablado y hablaremos, conviene poner de relieve la inmensidad de la empresa. Debemos, por eso, recordar aquí lo que antes decíamos sobre la autonomía del nivel estrictamente técnico y sobre la lógica interna que preside su desarrollo 16.
Aunque cierta apologética fácil afirme, a veces, lo contrario,
cabe señalar que el cristianismo no pudo producir de por sí las estructuras
agrarias y sociales que, cuando acabaron
produciéndose, permitieron, primero, la eliminación de la esclavitud
en beneficio de la
16 Se refiere
aquí Marrou a las consideraciones desarrolladas en páginas anteriores sobre
la necesidad, para poder plasmar históricamente las aspiraciones ideales, de
contar con medios técnicos adecuados para realizar las transformaciones
sociales, etc., que esa inspiración ideal sugiere: sin esos medios técnicos, las
mejores aspiraciones resultan, a nivel histórico-político,
insuficientes, ya que, en el mejor de los casos, consiguen sólo
paliar la situación, pero no enderezarla del todo. A esa luz deben leerse
los párrafos que siguen.
(N. del
T.)
servidumbre, y después, suavizaron
progresivamente las condiciones de esta última. Por lo demás, a lo largo de
ese proceso, ¡cuánta
complejidad! El hecho de que el nombre de eslavo haya tomado el sentido de
«esclavo» ( la palabra aparece
con este sentido en el 937, en un diploma latino del emperador Otón I ) es como
una cicatriz que ha quedado de aquella llaga infamante que desfiguraba a la
cristiandad medieval por haber permitido demasiado fácilmente que los
derechos del hombre, que ella reconocía a sus propios hijos, fuesen negados
a los paganos. Todo comenzó por las víctimas de las razzias que se
llevaban a cabo entre las tribus eslavas refractarias a la evangelización, y que
un comercio fructífero exportaba inmediatamente en dirección a los árabes de
España o de Oriente. Después, la práctica se extendió rápidamente a los cautivos
musulmanes procedentes de los combates de la Reconquista ibérica o de las
acciones corsarias en el Mediterráneo (que afectaron incluso a los
cristianos orientales, griegos, rusos, georgianos). De hecho, la esclavitud no
desapareció nunca del horizonte jurídico de los cristianos de Occidente,
como se manifestó claramente cuando, a partir de finales del siglo xv, la
colonización del continente americano le abrió un nuevo y deplorable
campo.
En esta línea, pero
aplicando los mismos principios, hay que declarar que no fue el
cristianismo el que hizo nacer las condiciones
políticas, sociales y económicas que dieron lugar al establecimiento del sistema
feudal: éste se desarrolló fuera de su acción inmediata, en un terreno técnico
que obedecía a un determinismo propio, extraño de por sí a las
preocupaciones y a las exigencias religiosas.
Todo eso es
cierto; sin embargo, no es lícito, como no sea para hacer posible el análisis y
dotar de claridad al discurso, aislar un sistema de la realidad humana que aquél
modela y que constituye su sustancia. El cristianismo no podía dejar de
interesarse por los hombres, por los destinos personales y colectivos, puestos
en juego por la existencia del sistema. Y así, vemos que la Iglesia interviene
en todos los terrenos humanos, ratione peccati,
como decían los
teóricos de entonces, para luchar contra el pecado (acción amplia, ya que, como
precisó en 1301 Gil de Roma, la preocupación pastoral de la Iglesia puede
extenderse, preventivamente, también al pecado susceptible de ser evitado), para
hacer posible, o al menos un poco menos difícil, el ejercicio de las virtudes
cristianas, para humanizar las costumbres todavía bárbaras, para pacificar los
corazones. En una palabra, la Iglesia trató de cristianizar las
instituciones medievales corriendo el riesgo -y ese riesgo era fatal desde
el momento en que los cristianos ya no estaban encerrados en un ghetto
de feudalizar
las suyas; de ahí que tuviese la necesidad, de forma permanente, de reformarse
ella misma. Esas reformas, que debían ser periódicamente reemprendidas,
fueron, por desgracia, con frecuencia imperfectas, y en ocasiones, llegaron
con retraso: muchas veces se ha señalado que la rebelión de Lutero tuvo lugar a
los pocos meses del fracaso, en lo que se refiere a la reforma de las
costumbres eclesiásticas, del V Concilio Ecuménico de Letrán (la clausura del Concilio fue el 16 de
marzo de 1517; la publicación de las tesis de Wittemberg, el 1 de
noviembre).
Por otra parte,
ningún historiador puede negar que ese esfuerzo de cristianización no fuera
perseverante, insistente y, más de una vez, eficaz. Todavía se notan, de
hecho, sus resultados beneficiosos en la Europa de hoy. Por poner un solo
ejemplo: la acción encaminada a limitar los desastres de la guerra y a
obtener, si así puede decirse, su humanización, que dio lugar a las
Convenciones de Ginebra -a punto de convertirse hoy en letra muerta -, tuvo
su punto de partida en las recomendaciones de los Concilios y en las
instituciones pacíficas, Paz de Dios, Tregua de Dios, por medio de las cuales,
la Iglesia medieval intentó instaurar un orden un poco más humano en un mundo
lleno de violencia y de salvajismo.
No hay que
cerrar los ojos a estos logros, por
muy parciales o precarios que puedan parecernos en ocasiones. Debemos reaccionar
contra el cinismo del sociólogo, fuertemente tentado por la tesis según la
cual toda religión, al convertirse en un fenómeno de masas, es objeto de un
proceso en
virtud del cual sus fieles seleccionan entre las prescripciones que esa religión
implica, quedándose sólo con aquellas cuya aplicación no incomoda
demasiado a sus pasiones fundamentales y a su comportamiento espontáneo. Se
advierte bien lo que, desde la perspectiva en que estamos situados, trae
consigo un tal planteamiento.
La acción civilizadora que dio lugar al
nacimiento de la cristiandad no es, hablando con rigor, obra de la
Iglesia tal como la hemos definido a partir de su nota de santidad - la Iglesia
como parte peregrinante de la Ciudad de Dios -, sino el resultado del
comportamiento de la masa sociológica de sus fieles, en la que, repitámoslo
una vez más, se cuentan, al menos así parece, muchos más pecadores que santos, y
cuya inercia opone un fuerte contrapeso, sea a la enseñanza de sus
Doctores, sea a las iniciativas de su élite espiritual. Esa inercia, a su
vez, se suma a otra ya señalada: la que se ejerce al nivel estrictamente
técnico. De la misma forma que la materia no se deja fácilmente dominar ni
moldear por la mano del artista, tampoco una técnica se deja reparar
fácilmente, que se varíe su orientación espontánea, su línea propia, para
acabar siendo transformada desde dentro por el ideal religioso que trata de
penetrar en lo más hondo de su ser. Volviendo al problema de la guerra, ¡cuántos
esfuerzos desarrollados en vano para combatir la implacable lógica de la
carrera de armamentos!, ¡cuántas condenas jalonan, de hecho, la evolución que ha
acabado conduciendo, en nuestros días, a la edad de la guerra química y de la
bomba atómica! ya en 1139, el II
Concilio de Letrán se oponía a las armas crueles y mortíferas; ¡qué, entonces,
eran la ballesta y el arco!